Traductores

English plantillas curriculums vitae French cartas de amistad German temas para windows Spain cartas de presentación Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

TDA-H: lucha o fracaso

 

tdah fracasoSi no se trata correctamente, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad puede llevar a quienes lo padecen hacia una «escalera al precipicio»

Detrás de numerosos fracasos escolares está el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDA-H), una alteración neurobiológica que ha sido puesta en tela de juicio pero que científicamente está más que demostrada y cuyas consecuencias a largo plazo pueden ser nefastas si no se trata correctamente. Es un problema orgánico comparable, dice el presidente de la Asociación TDA-H Palencia, José Antonio Hoyos, a una deficiencia en un oído o en la vista, que provoca que quienes lo padecen procesen la información de forma más lenta.

Hoyos advierte de que cuando los chavales con TDA-H llegan a los 16 ó 17 años sin haber sido tratados lo habitual es que acaben en fracaso escolar, «que desemboca a su vez en un fracaso personal que puede llevar a abusos de determinadas sustancias y después a adicciones. Es una escalera al precipicio...». Un reciente estudio entre la población reclusa reveló que el 35 por ciento de los internos con adicciones padecía TDA-H.

Revisar la agenda escolar, que los deberes estén hechos, los trabajos acabados a tiempo y los exámenes debidamente anotados; hablar con profesores y orientadores; programar y encajar las clases particulares y vigilar las horas de estudio. Son algunas de las tareas a las que se enfrenta Enma casi cada día. Los datos apuntan a que en Castilla y León el 6,6 por ciento de la población escolar sufre trastorno por déficit de atención e hiperactividad, pero la realidad no sabe de estadística y los tres hijos que tiene Enma sufren alguna variante de esta alternación neurobiológica.

Un TDA-H de libro. Raúl, de 16 años, es, dice su madre, un TDA-H «de libro» con todos los síntomas típicos. «Nos dimos cuenta muy pronto. Cuando tenía tres años ya veíamos que le pasaba algo: se caía constantemente, no se estaba quieto, no se concentraba en nada, no quería estar con los demás niños, enseguida vinieron las llamadas de atención del colegio. A los seis años le diagnosticaron déficit de atención e hiperactividad». Pese a su trastorno, Raúl consigue tener una vida totalmente normal y sacar adelante sus estudios. Está en cuarto de la ESO, va a clases particulares de apoyo y consigue relacionarse perfectamente con los chavales de su edad.

Raúl se queja -«es mi opinión», aclarza- de que no recibe el suficiente apoyo en el instituto. «Hay muchos profesores que no saben lo que es el TDA-H y te llaman bobo, inútil o vago y eso afecta a mi autoestima. Me acabo cabreando y ya no consigo prestar atención...». Esa es una de las tareas más complicadas a las que se enfrenta Enma: conseguir que el profesorado entienda que lo que sufre su hijo es un problema orgánico y que necesita determinadas medidas como exámenes adaptados o más tiempo para llevar a cabo las tareas. Para tratar este trastorno es fundamental la medicación. «Cuando no la tomo me noto más despistados, como si estuviera en mi mundo y tengo cambios de carácter más rápidos y bruscos», confiesa Rául.

Un inAtento. El hijo mayor de Enma, Daniel, que está a punto de cumplir los 18, es lo que se llama un inatento, la variante más complicada de detectar del TDA-H porque no está acompañada de hiperactividad. De hecho, Enma relata que teniendo en casa la experiencia de Raúl no se dieron cuenta hasta que un día después de repetir Tercero de la ESO, Daniel, que había ganado varios premios literarios años antes, se plantó y dijo que no podía más, que le resultaba imposible seguir con sus estudios.

«Para mi era lo normal, estaba en clase y dejaba de escuchar; me sentaba delante de los libros a estudiar y después de horas y horas apenas había avanzado, hasta que vi que era imposible». El diagnóstico vino relativamente rápido. Tras empezar con la medicación consiguió aprobar todas las asignaturas de Tercero y ahora cursa Segundo de Bachillerato, dice orgulloso, «por Ciencias».

Además de Raúl y Daniel, María, de 15 años, la otra hija de Enma, también padece una variante del TDA-H. Enma asegura que su día a día con sus tres hijos «es una lucha continua». Hay que estar constantemente encima de ellos, supervisando cada detalle, pero no sólo con los chavales; conseguir que se reconozca su trastorno en el instituto y se adopten las medidas necesarias supone también una batalla cada curso y un reto ante cada profesor.

El protocolo que se aplica en los centros educativos de la Comunidad cuando se detectan condiciones diferentes en los alumnos es, según explica el director provincial de Educación de Palencia, Sabino Herrero, la elaboración de un informe por parte del equipo psicopedagógico del centro que a veces se complementa con otro médico. Lo habitual, señala, es que una vez detectado el problema el alumno comience el tratamiento farmacológico que le permite integrarse perfectamente en el aula sin que haya que tomar ninguna medida adicional.

Según el presidente de la Asociación TDA-H Palencia es fundamental un diagnóstico temprano para poder abordar el trastorno cuanto antes. Los síntomas cuando existe hiperactividad son bastante evidentes: falta de atención, impulsividad que puede llegar a agresividad...pero se complica cuando sólo hay inatención. Llegar a un diagnóstico puede llevar dos o tres años y supone el reconocimiento de psicólogos y psiquiatras del trastorno. El tratamiento debe abordar, explica Hoyos, cuatro aspectos; el farmacológico y psicológico, así como la implicación de la familia y el apoyo del sistema educativo. Si se abordan de forma correcta, los niños y adolescentes con este déficit pueden concluir con éxito sus estudios y llevar a cabo una vida totalmente normal. Los problemas surgen cuando no se detectan. De hecho, el 70 por ciento de quienes lo padecen llega a la edad adulta sin haber sido tratado.

más de 20 años con psico-fármacos. María Miguel, de 50 años, llevaba más de 20 con psico-fármacos. Tomaba al día entre seis y siete pastillas para tratar sin éxito lo que ella llama crisis emocionales muy potentes que incluían frecuentes depresiones. Su estado emocional era como una montaña rusa, una olla a presión en constante ebullición y con un carácter marcado por una gran impulsividad y explosiones de ira. Con 45 años, un psicólogo privado le diagnosticó TDA-H, sustituyó su media docena de pastillas por una y ahora, afirma, vive una vida nueva. Una vida en la que todavía está aprendiendo a adquirir destrezas sociales a través de una terapia cognitivo-conductual «que me ayudan a funcionar».

«Ahora siento que puedo hacer algo con la inteligencia y la voluntad, antes siempre iba por delante la voluntad, los impulsos», afirma. María, en colaboración con la Asociación TDA-H Palencia, está luchando por que el Servicio Público de Salud reconozca su trastorno. «En el protocolo del Sacyl cuando tienes 18 años se te acabó la hiperactividad» porque se considera una dolencia que afecta sólo a la infancia y a la adolescencia. Denuncia que ha encontrado rechazo e incomprensión por parte de los profesionales del sistema público, aunque no tira la toalla y se mantiene en su empeño por conseguir el reconocimiento de su trastorno.

Miguel Ángel, de 42 años, es otro caso de diagnóstico adulto, pero en su caso la pista se la dio su hijo, un TDH-A típico. Y es que el déficit de atención e hiperactividad es un trastorno, en la mayoría de los casos, genético.

«Mi mujer me decía que yo era igual que el niño y me convenció para que hiciera las pruebas. Fue un alivio saberlo, antes hacía las cosas sin control, iba a saco; ahora me estoy conociendo a mi mismo poco a poco... », explica. Relata que de niño le costaba mucho estudiar, que le decían que era un vago, hasta el punto de que dejó los estudios. Gracias a estrategias y trucos que él mismo se iba creando «conseguí salir adelante sin destacar demasiado». Ahora tiene un negocio y forma parte de la Asociación de TDHA-Palencia, en la que participa activamente . «Me veo reflejado en mi hijo y no quiero que tenga las mismas carencias y pase las mismas dificultades que tuve que sufrir yo».

 

Fuente:

http://www.diariopalentino.es/